From: El Nuevo Herald
Date: January 22, 1999
Author: Norma Niurka

“Dos personas completamente diferentes en términos políticos, humanos, sexuales, se encuentran en un calabozo y tienen que forjar una relación; no queda otro remedio que compartir ese espacio. Cuando empiezo a ver a este hombre como ser humano, cambia mi percepción de él y cambia el espacio. Lo que era antes un calabozo viene siendo ahora un universo”.
Habla Chaz Mena, que interpreta al preso político Valentín, uno de los dos personajes de El beso de la mujer araña. La obra se estrena mañana viernes (en inglés), en el Encore Room, del Coconut Grove Playhouse.

Tomás Milián, la estrella del cine italiano y estadounidense, que vive en Miami Beach desde hace dos años, personifica a Molina, prisionero común confinado por homosexual, quien comparte su celda en una cárcel latinoamer??? ana.

El concepto de Mena sigue la pauta del desaparecido autor de El beso…, el argentino Manuel Puig, quien exploró las circunstancias que llevan a juntarse a dos seres opuestos, y sus consecuencias.

“La obra es una alegoría que se puede aplicar a cualquier conflicto, como por ejemplo el de irlandeses católicos y protestantes”, dice Mena, de 32 años, en perfecto español. “No nos queda otro remedio que amarnos”.

Mena es conocido aquí por su trabajo en teatro, cine, TV y anuncios comerciales. Ha actuado en Acme Theater, Florida Shakespeare Theater (cuando se llamaba FS Festival) y Area Stage Theater; ha intervenido en episodios de Miami Vice y Wise Guys; y en las cintas Miami Rapsody y Ace Ventura, filmadas aquí.

¿Quién puede decir que este muchacho bailador de son, que conversa en español hasta por los codos, usa palabras como “enjuto” y “forjar”, y cita constantentemente a José Martí, nació en Nueva York, se crió en Miami y jamás ha visitado Cuba?

Pues sí, Chaz Mena es un actor “americano” que achaca su hispanización absoluta a la crianza de sus padres, y sus expresiones en castellano a la lectura.

“Siempre viví con mis padres en la sagüesera”, apunta Mena, quien llegó a Miami a los seis años de edad, en 1972. “Desde que tengo uso de razón estoy oyendo hablar español, oyendo los cuentos de mi bisabuelo mambí que se hacían a la hora de comer. Oía de este lugar mágico que yo creía no tenía colores porque los retratos que me enseñaban siempre eran en blanco y negro”.

A pesar de que el actor está en forma, se puso a dieta para rebajar de peso y, a las 6 de la mañana, se le ve correr por Coconut Grove, mucho antes de empezar los ensayos diarios.

“El personaje debe ser más delgado que yo; quisiera estar enjuto, si pudiera, por la referencia visual, es importante para la obra”, explica. “Veo la actuación como un trabajo físico, no cerebral, cada vez que termino una obra, me pregunto cómo soy capaz de hacer las cosas que hace ese personaje”.

Mena es un actor del método Stanislavsky, que dio su primera clase de teatro en el último año de la secundaria, en el Miami Senior High School, entusiasmado al ver trabajar a Jim Puig, actor miamense bastante conocido, que en ese momento era asistente de la profesora (también en esa escuela conoció a la que es su esposa desde hace dos años).

Estudió becado en la Universidad de Miami y se graduó de bachillerato en literatura inglesa de Barry University. Empezó a trabajar como profesional en 1988, y sacó una maestría en teatro del Carnegie Mellon, de Pittsburgh, donde estudió con profesores invitados del Teatro de Arte de Moscú, quienes le facilitaron estudiar en esa prestigiosa institución rusa, de 1995 a 1996.

“En Rusia, las artes siempre fueron ayudadas por el gobierno y, desafortunadamente, el arte tenía que ser servicial al gobierno, ayudar en el adoctrinamiento”, explica. “Eso lo sé por colegas rusos que me contaban cómo ellos mismos hacían obras de realismo socialista, que odiaban, pero que tenían que hacer. Entonces, cuando yo estuve allá, los teatros ya se tenían que sostener por ellos mismos, y estaban haciendo obras baratas, casi pornográficas”.

El joven actor piensa que, en la actualidad, la comercialización del teatro es extensiva al mundo entero.

“Cuando un actor tiene sólo dos semanas para ensayar una obra es porque hay que poner una y después otra, y vender boletos”, dice. “Yo creo que el actor es un artesano, si soy muy bueno algun día me llamarán artista, pero no me gusta cómo se usa la palabra artista. Se puede tratar de vivir del arte, pero es difícil ser un artista”.

Hace dos años, sintió que estaba repitiéndose en sus personajes y desviando sus metas artísticas. Marchó con su esposa a Nueva York en busca de otros aires, pero siguió viajando entre una y otra ciudad. Aquí lleva un tiempo con los avatares de El beso…

La pieza se estaba ensayando en Area Stage y el local se vio obligado a cerrar. Cuando Arnold Mittelman, director del CGP, quien se hallaba gestionando los derechos de la obra, y se enteró de que ese grupo los tenía, propuso montarla en su teatro. Más tarde, hubo que posponer nuevamente el estreno porque la renovación del Encore Room no estuvo a tiempo.

“Esta es una oportunidad de expresar la opresión en todas las culturas”, señala Mittelman. “Aunque el sentido de opresión que la obra dramatiza se siente más en Latinoamérica, la realidad es que la popularidad que ha tenido la obra en todas partes señala que el tema es universal”.

Chaz Mena quisiera que el público acudiera a ver la pieza por una razón muy particular: “Me interesa que por un rato se congregue un grupo de personas para pasar un buen rato, pero también para celebrar todo lo que es humano”.